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jma
13/01/2017
Importación de Animales No hay comentarios

España ya no necesita importar camellos de Egipto. Además está prohibido.

 

Importar camellos de Africa está prohibido.

A lomos de camellos recuerda el imaginario navideño a los Reyes Magos: un trío de monarcas ataviados con fastuosos ropajes que viaja desde Oriente. Sostiene la tradición popular que los Reyes Magos entregaron oro, incienso y mirra a María y José para celebrar el nacimiento de su hijo, Jesús de Nazaret. Sin embargo, los rumiantes que cargan con sus orondas majestades -en realidad, reyes huérfanos de reino- ya no proceden de tierras lejanas. Ni siquiera han cruzado el norte de África hasta llegar a nuestras calles para cumplir con los deseos de los más pequeños.

Transportar animales. Camellos

Fotografía por Francisco Carrión

«Hace años que no se ven españoles por aquí: antes venían a comprar camellos, pero ya no», maldice el sesentón Suleiman Ali mientras monta guardia junto a la media docena de animales que ha traído tras 24 horas de periplo desde la sureña Asuán, a un tiro de piedra de Sudán, a Birqash, donde se ubica el mayor mercado de camélidos del país. «Cada semana ponemos a la venta unos 200 camellos. Es un oficio que aprendí desde pequeño y que heredé de mi padre y abuelo», explica orgulloso el mercader, de piel cuarteada por el sol.

A miles de kilómetros de esta pequeña aldea egipcia, Francisco Jiménez detalla las razones que han alejado a los españoles de los zocos como éste. «Hace ya bastantes años que no se pueden importar camellos ni otros animales vivos del continente africano a Europa por las enfermedades contagiosas que existen», arguye desde su criadero en Gran Canaria, donde cada año nacen un centenar de dromedarios.

«En España no hay actualmente ninguna empresa que se dedique a importar camellos desde Egipto. Somos autosuficientes», confirma Rubén Matanza desde su finca en el norte de Cantabria. «Lo que abunda en nuestro país es la raza del camello canario, que llegó hace siglos a las islas», relata el artífice de que sus características jorobas -acumulaciones de grasa que pueden convertir en agua o energía para suplir la falta de bocado- hayan colonizado el paisaje cantábrico. «Es un animal capaz de adaptarse a las circunstancias más adversas de este planeta. Soporta unas temperaturas muy altas y unas condiciones de alimentación muy pobres. Nuestros dromedarios se han hecho a esta climatología. Cuando llega el frío desarrolla pelaje y cuando comienza a sentir calor se desprende del abrigo. Pasa el verano con la piel desnuda».

Mientras habla el criador español, en Egipto es primera hora del viernes y cientos de almas recorren el páramo de Birqash. Es el día grande y el zoco es un hervidero de clientes que, enfundados en galabiya (túnica tradicional), escudriñan los animales; discuten con sus dueños y regatean en busca siempre del precio más competitivo. «Hay diferentes tipos de compradores, pero la mayoría quiere a los camellos para criarlos en sus granjas o abastecer sus carnicerías», esboza Mohamed Suleiman, de 25 años y descendiente de uno de los clanes que se reparten un negocio en horas bajas.

Deliciosa carne. Desde el amanecer y hasta el mediodía las transacciones se suceden sobre la polvorienta calle del bazar, jalonada de las parcelas donde los camellos sacian la sed ajenos a su destino. «Su carne es excelente para degustarla en pequeños trozos», predica entre suspiros el treintañero Emad Ramadan, un carnicero que enfila el camino a casa sin mercancía. «Los precios han subido mucho y no sale rentable comprar en estas condiciones», despotrica poco antes de emprender cabizbajo la retirada.

Los objetos de deseo se venden esta mañana de diciembre a entre 11.000 y 36.000 libras egipcias (entre 580 y 1.800 euros). A unos metros, Mustafa Hasan canta las bondades de los animales que cría en el sur del país: «El profeta ya dijo que la del camello es la mejor de las carnes, por eso vienen desde lugares tan lejanos como Pakistán buscando este manjar».

A sus 32 años, Hasan dirige una de las «oficinas» que organizan las subastas en las que los camellos reciben una lluvia de golpes antes de hallar al mejor postor. «Fue nuestro primer medio de transporte cuando los aviones y los coches ni siquiera eran una ilusión», desliza el joven.

Por las arenas de Birqash, una de las escapadas más pintorescas para los turistas, transitaron alguna vez los españoles que perseguían importar camellos para transportar a Melchor, Gaspar y Baltasar, pero jamás la sangre azul de los países del golfo Pérsico, aficionada a las carreras de estos rumiantes y a sus suculentas apuestas. «Para comprarlos hay que irse a Sudán: son los camellos más caros y mejor entrenados del planeta», indica Mohamed.

En la ciudad de Kasala, en el este de Sudán, la tribu de los Rashaida cría con esmero unas bestias que pulverizan registros. Cada año los jeques escogen a los más hábiles sin reparar en gastos. Llegan a desembolsar hasta 76.000 euros para hacerse con el semental perfecto. Unas fortunas que, para desgracia de sus mercaderes, no se mueven en el rudimentario perímetro de Birqash. «Vengo cada viernes para ganarme un sueldo. Es un oficio de generaciones», comenta Mahmud Abdelhamid recostado sobre un muro de cemento sin perder de vista a su rebaño.

Nada que ver con los 28 ejemplares del rebaño cántabro de Rubén, que reciben el mimo que anhelarían sus primos egipcios, condenados al matadero. «En verano ofrecemos paseos a camello y en invierno participan en el rodaje de alguna que otra película tanto dentro como fuera de España», cuenta su dueño.

Y, claro, las cabalgatas de Reyes que cruzan la geografía española también figuran en su calendario laboral. «Es un clásico en Navidad», cuenta. «Allá donde vamos, tratamos de demostrar que un animal puede desfilar sin estrés, interactuando con los niños y llevando a las ciudades el mensaje de quienes vivimos en el medio rural. Al fin y al cabo, durante unos días son los camellos de los Reyes Magos».

Fuente: elmundo.es

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